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viernes, 29 de agosto de 2014

Las bicicletas y un zapato en el monte


Ramiro Beceiro









Nuestro amigo Raúl, “el gordo”, no sabía andar en bicicleta. Vecino de cuadra, vivía como nosotros, sobre calle Leandro Gómez. Su casa era una de esas construcciones antiguas, de techos altos. Habitaciones inmensas con pisos de madera, tablas largas que se hundían y crujían a cada paso de puro viejas nomás. El gordo, era un gurí absolutamente citadino, casi como todos los pocos que vivíamos en esa cuadra, donde los chiquilines éramos contados con los dedos de una mano. “Calle 8”, como le decían los más veteranos a Leandro Gómez, era  una arteria de mucho tránsito y llena de comercios. Frente a los apartamentos donde vivíamos, estaba el viejo edificio del Jockey Club. Su madre era una costurera de renombre, paraban frente a su casa, coches de lujo de la época, Plymouth, Impalas. Corría el año 1966. Raúl era el hijo menor de cuatro hermanos, el único varón de la prole. Andar en bici por la vereda ya en esos años, era un desafío de riesgo. Tirarse desde la esquina de Zorrilla de San Martín en la gran bajada, significaba un riesgo para la integridad del osado ciclista y para los caminantes ocasionales. Raúl así, no aprendería jamás a andar en bicicleta. Aunque su problema para aprender no era solamente la brusca bajada ni la transitada acera, en esos años, las “chivas” no eran baratas y los papás del gordo no podían comprarle una. Nosotros teníamos bicicletas, mi hermano una chiquita de color rojo y yo una verde, un poco más grande. Eran sencillas, no tenían tantos agregados, nada de doble disco ni de cambios. Frenos duros, guardabarros de chapa, rayos duros y ruedas blancas además de un cuadro de puro fierro formaban las pesadas y modernas bicicletas de la época. Un viernes de tarde fui por su casa a invitarlo a ir con nosotros al día siguiente, bien temprano, a la chacra donde vivían mis abuelos. Le íbamos a enseñar a andar en bicicleta! Cosa que no le dijimos.  El sábado, como siempre fue costumbre en nuestra casa, nos levantamos bien temprano y a las 8, estábamos golpeando el llamador de bronce de la gran puerta de madera maciza. Estaba pronto con su bolso de pantazote negro. En él, su madre había puesto un par de bananas y un bucito, por “si llegaba a refrescar”. El bolso tenía impreso en el bolsillo de adelante, un gran escudo de Nacional. Era de esos bolsos de colgar cruzados en el hombro, con cuatro tachas grandes de metal para poder apoyarlo sin que se tambalee. Nos subimos al Renault Gordini celeste que tenía mi padre. Llevábamos las bicis cargadas sobre la “vaca” arriba del techo. Llegamos bastante rápido a la chacra, no sin antes pasar por Casa Molle, un almacén de ramos generales donde encontrabas de todo. Había que llevar el surtido para mis abuelos, donde se incluía la cocoa para los nietos y la infaltable gomina “Glostora” de mi abuelo. Saludamos a doña Pancha y a Núñez, jugueteamos con los perros y salimos a la aventura. Fuimos derecho al tajamar, le teníamos respeto, nos habían dicho que el fondo era todo de barro y que si nos caímos en él capaz no podíamos salir. El fondo era de barro, pero era “playito”. Ahí mi abuelo pescaba anguilas con el dedo. Hicimos “sapito” con las piedras y salimos a recorrer esa inmensa geografía de tan solo 8 hectáreas. La quinta era grande, Núñez plantaba de todo. La chacra estaba en declive, la casa estaba en la zona baja y el tanque australiano se encontraba en el otro extremo, en la altura, lo que hacía bajar el agua para la casa con bastante fuerza. Había dos entradas, una al lado “de las casas” y la otra, arriba, sobre el actual Bulevar Artigas, a algo más de media cuadra de Avenida de las Américas. Alrededor de la casa, en la parte de atrás, estaban el gallinero, las conejeras, el chiquero, las colmenas y entre todo eso, el galpón de las herramientas, donde estaba la incubadora y un molino con tolva. Más atrás había un garaje abierto a los lados donde se guardaba el tractor rojo y herrumbrado y algún arado, Había una rastra de dientes y una rastra de madera que se usaba atada al tractor, para acarrear agua desde el tanque hasta los criaderos y la quinta si hacía falta. También había un pozo de agua, con bomba y un molino para la electricidad. Luego de la quinta, venía el maizal, que ocupaba gran parte de la chacra. A un lado del maíz, estaban los vecinos y al otro había un monte de eucaliptus. Entre medio, el camino en bajada que venía de la entrada este y llegaba casi hasta la casa. Ahí nos dirigimos Raúl, Diego, yo y nuestras pequeñas bicicletas. Al lado del tanque australiano, le explicamos al gordo como debía de hacer para andar sin caerse. Le hicimos una breve demostración y lo animamos a subirse a mi verde vehículo. Era primavera, un hermoso día de sol. Los tres vestidos de pantalones cortos, nosotros de championes bajos y Raúl … de zapatos Incalcuer!!! Se subió a la bici, lo agarramos de los costados para que hiciese equilibrio y lo tiramos en la bajada. El improvisado ciclista, recorrió rápidamente y sin problemas los primeros 30 o 40 metros de la bajada, iba bárbaro. Un pozo no previsto lo hizo volar por el aire, aró el camino con su cara, manos y rodillas. Esa tardecita, recibió unos “chirlos” de su madre, en la caída se le volaron los zapatos. Uno fue a dar al maizal y lo encontramos. El otro, el que cayó en los eucaliptus, jamás apareció. No hay caso, “a golpes se aprende”.  
 Ramiro Beceiro


Viñeta del  Liniers, historietista argentino, tomada de http://enciclo.com.ar/liniers-los-malos-andan-bicicleta


Los Conejos y el Judas


Ramiro Beceiro









Ese domingo especial, cada nieto sabía que le correspondería un gran huevo de Pascua. El asunto era saber en qué lugar los guardaba el abuelo Demócrito. Los huevos, en esa casa no los traían los conejos tradicionales (tradición que conocí muchos años después, ya de adulto). Los entregaba el abuelo “puro”, así le decíamos todos, mi abuela se llamaba Pura y por transición, él era el abuelo puro. Los hijos de Demócrito Beceiro, como todos los domingos hasta 1971, se reunían a almorzar en la casa paterna. Ese día festivo, llegaban todos alrededor de las 11 de la mañana. Los gurises éramos 5 varones y 4 mujeres, desde Gabriela la mayor a Cecilia la menor, hasta esa época. Nos juntábamos en el estar y de ahí a los balcones, o en el impecable living. Tenían una enorme tele. La prendías y había que esperar a que calentasen las válvulas. De marca Telefunken, aún el sudeste asiático no había despertado. Luego el almuerzo, religiosamente a las 12. Existía una división por edades y seguro por tamaño de la mesa del comedor. Pero a nosotros nos dolía cada domingo esa distinción de edades. Los liceales se sentaban con los mayores, los otros, nos divertíamos como locos en el comedor diario. Tenía ventanales en toda la pared que daba una parte al sur de la ciudad y otra parte al Río. Desde un séptimo piso la vista era espectacular. Luego del postre, el abuelo desde su despacho, nos llamaba uno a uno y de mayor a menor. El escritorio donde luego descubrimos que siempre guardaba los huevos de chocolate, era como toda su oficina, a puro lujo. El escritorio de una fina madera negra con tapa de madera y un grueso vidrio biselado. Sillones tapizados en cuero. Una gran caja fuerte que haría las delicias de cualquier anticuario y una gran biblioteca, tapizada de libros de jurisprudencia. Así era don Demócrito, el abuelo puro. Serio, circunspecto, de pocas y gastadas bromas. Con su Parkinson a cuestas. Aún así, tenía demostraciones de afecto, no muchas. Te hacía siempre los mismos y gastados chistes, cuando pasabas de clase con sobresaliente, te decía: “Te felicito! Así que pasaste con sobrelosdientes?” Entregaba las grandes golosinas y ahí terminaba todo. Esperábamos que nuestros padres ordenaran la retirada.  Luego de la siesta religiosa, a media tarde, salíamos para la chacra a hacer Pascuas con mis otros abuelos. Doña Pancha y Núñez, también estaba “el cacho” que vivía con ellos. Algunos años también había vivido con nosotros, hacía las veces de hermano mayor, y lo hacía muy bien. Era hijo del famoso “Capitán Tormenta”, el negro Mello. En la chacra todo era diferente. No había un living impecable, simplemente no existía un living. Núñez no tenía escritorio lujoso. Sus únicas pertenencias eran una radio Spica forrada de cuero marrón, un banco de ordeñe y sus dentaduras postizas, que de noche dormían en un vaso petiso lleno de agua de pozo con limón. Si tendría pocas cosas que ni cuchillo propio llevaba. Un paisano sin facón. Lo habría perdido en una de sus tantas andanzas de mozo. Desde la ventana del comedor, con piso de mezcla, siempre se veía lo mismo. Galpón y gallinero eran “la vista”. Televisor? “eso es cosa de ricos mijo”. Había mucha imaginación, complicidad y aprendizaje. A veces cosas “arteras”. “Cuentos verdes”, armar un tabaco (cosa que hoy me resulta imposible), adobar lechones, y asarlos. Enseñanzas de modales de señorito? Nada. Núñez y Pancha eran gente simple. Con Diego sabíamos preparar el afrechillo en grandes tanques para los chanchos, también la ración para las gallinas y patos.  Ayudábamos en las carneadas, ovejas, vacas y lechones. Nos fascinaba ver cuando Núñez con mano sabia, enterraba el cuchillo para desangrar el chancho, que gritaba como un loco. La sangre volaba. Había que estar atento y colocar enseguida el balde negro para juntar la sangre para las morcillas. Mirábamos pelar el animal con agua hirviendo, cosa que mi abuela realizaba con presteza. Nos dejaba sentarnos en su banco para ordeñar y luego tomar esa leche espumosa y tibia, “directo de la fábrica”. Núñez nos dejaba todo eso y mucho más. Doña Pancha desgranaba choclos, abría y separaba chauchas, los balde se llenaban de arvejas frescas y nosotros ayudábamos sin chistar. Juntábamos huevos y andábamos en tractor y a caballo. Eran dos, “el tostao” y “canelones”, que era un caballo de carrera de mi tío Carlos. Se había mancado y para no sacrificarlo, se lo había regalado a Diego. Llegábamos a la chacra a la hora del café con leche. Siempre había queso, dulce de leche y pan, todo casero. La abuela era especialista en la cocina, condición que mi mamá heredó y mejoró, sin dudas. En la tardecita, Núñez nos dejaba ayudarlo a terminar de atar “el judas”  a una larga cruz de cañas. Lo paraba y enterraba la caña en el suelo. Luego a cenar al caer la noche. Ya oscuro, el artesano prendía una antorcha de estopa y querosén. Ardía “el judas”. Era un espectáculo inolvidable. El enorme muñeco en llamas se retorcía. Danzaba al ritmo de las explosiones de las bombas y fuegos artificiales con los que Núñez  lo había rellenado. Lo mirábamos extasiados hasta que el “hereje” se quemaba por completo. Los ojos llenos de luz. Volvíamos a la penumbra de los faroles a mantilla y antes del regreso,  doña Pancha nos obsequiaba unos pequeños huevos de Pascua. Más chicos que los del mediodía… pero tan ricos y dulces…   

Ramiro Beceiro



Foto tomada de http://www.enlacesuruguayos.com
                                   

viernes, 6 de junio de 2014

Bolas de vidrio blanco pintadas de azul



Ramiro Beceiro

  






      El viernes fuimos al viejo teatro de verano, el que da sus espadas al Paterno. Un dúo y su banda, eran esperados tranquilamente. Entré y se me cayeron encima recuerdos de mi primer infancia. Veníamos desde lejos en carro con mis abuelos maternos, salíamos de tardecita desde la chacra, recorrer el bajo y luego la subida que parecía interminable, sobre todo si había llovido ese día. Las huellas en el barro, las patinadas, el caballo tirando, hasta que ganábamos la cima y casi enseguida se aparecía la fusilera, con su muro blanco, sus pequeñas torrecillas y el que parecía el mismo soldado cada vez. No existía el liso pavimento. Mi abuela, doña Pancha, olía a jabón en barra, agua de pozo y a perfume de flores, viuda; mi abuelo, Nuñez, porque así se llamaba, nunca se había casado con Pancha, era un hombre moreno, de corta estatura y de abundante pelo azabache, que peinaba con brillantina, lo domaba para atrás a fuerza de gomina, usaba un peine chico de dientes finos, negro como su pelo. Eran gente pobre, trabajadores, plantaban zanahorias, zapallos, maíz, criaban pollos, gallinas, gansos y chanchos; tenían dos vacas para ordeñar, y darnos un calentito café con leche siempre que fuera necesario, tomado en tazas grandes, de loza o por capricho de nieto, en alguna lata de duraznos en almíbar, cosa que me fascinaba. Mis abuelos me introdujeron en el gusto por el cine, me hicieron conocer el Florencio allá por los 60 y pico, también por esa época eran las idas al cine en la playa, al teatro de verano. Eran cines de entradas baratas. Los viejos eran dueños de su carro, un día creció su economía y se compraron…un sulky! Tenían dos vehículos! Uno para trabajar y otro de paseo. El viejo teatro de verano se vestía de gala para esas funciones de cine mudo, blanco y negro, que dos por tres se cortaba y aparecían aquellos globos en la pantalla, lo que indicaba que la cinta por algún lado se había quemado, un poco de paciencia y seguía la función. La avenida de la costanera estaba iluminada por viejos y bellos faroles que tenían bolas de vidrio blanco que para la ocasión, en la mitad que daba al Río, se pintaban de azul oscuro, para no molestar a la platea, que calladamente seguía a los personajes de la función. Eran noches imborrables, terminaba la muda historia y salíamos de regreso para la casa, no había ni golosinas ni nada, pero todas esas horas eran una tremenda aventura que mi hermano y yo disfrutábamos a pleno. Mis abuelos eran así, sin quererlo nos llenaban de fantasías, eran humildes, muy humildes y bastante brutos, sin estudios, pero con sus manos llenas de cariño, cuidados y complicidades, que supongo eran su mejor manera de demostrar amor, sin decirlo, de puro cortos que eran. Así eran mis abuelos, los que recuerdo siempre, cuando como esa noche, unos faroles con bolas de vidrio blanco pintadas de azul, te abren la puerta de la memoria.

Ramiro Beceiro 
(Sanducero)


 

 
 Teatro de Verano. Foto de Ramiro Beceiro



Gracias, Ramiro, por este hermoso texto, con el que reiniciamos las andanzas del Níspero. L.L.


 

  

jueves, 4 de abril de 2013

Esquinas

En una esquina de mi infancia, Angelito Di Perna contaba historias de hace muchos años, cuando andaba los rieles de la patria llevando el orgullo de ser uno de los primeros comunistas en la vuelta. Angelito el que barría la esquina de Salto y Montecaseros y podaba los árboles del cantero. Que tenía el cerco y el jardín más lindo del mundo a la entrada de su casa. Que tenía la sabiduría de un maestro y los ojos como la historia.
En otra esquina de la memoria, a una cuadra de la escoba y los relatos de Angelito, don Pedro Panini miraba las moneditas con que el Cabeza Jaén pagaba el vino, poniendo la palma de la mano a dos centímetros de los ojos, mientras repasaba las novedades del barrio, que eran las novedades del mundo para nuestros nueve años. Don Pedro el de la Provisión y Bar -combinación que ya no existe- donde los vecinos venían a comprar el pan y la leche de mañana y a tomar un copetín a la tardecita y a jugar a la “carolina”, pariente prehistórico del “pool”. Del lado de la ventana de Montecaseros, un banco largo en el que gastábamos las horas haciendo nada, esperando que pasara la chiquilina que venía de estudiar. Del lado de Tacuarembó, la ventana donde Lorenzo miraba su pasado de músico mientras se bajaba una caña o una grappa con limón.
Algunas esquinas mas arriba, un viejo edificio oficiaba de casa embrujada, en la que se escuchaban los ruidos de sillas que se movían, vasos que se chocaban y cadenas que se arrastraban. Y no faltaba alguno, que parado en la esquina, alardeaba contando que había pasado una noche ahí, entre espíritus inquietos, en el mismo rincón donde alguna vez había ocurrido una terrible tragedia familiar.
Algunos años más acá y dos esquinas más allá, yendo hacia el centro -que entonces parecía lejos -, la plaza pintaba la noche de murciélagos y la barra se juntaba a conversar y a tomar mate. De vez en cuando pasaba un patrullero y había que esconderse en la escalera que daba a ese foso que nunca se supo bien que función cumplía. Eran distintas las cosas entonces. Teníamos una inocencia y una candidez que hoy parecen ridículas. Queríamos ser íntegros, buenos, honestos. Había muchas cosas prohibidas y parecía que eso nos llenaba de ganas de ser libres
Pero en ese entonces, uno no era capaz de ver los misterios y la poesía que esconden las esquinas. Uno no tenía historia, la iba construyendo sin saber que las miradas, los pasos, los besos o los piñazos, se van quedando prendidos de los rincones de las ochavas o de las líneas rectas de las esquinas comunes.
Tienen que pasar los años para que uno, con más de una cana en la sien, empiece a ver en cualquier esquina de su barrio, o de otros barrios de viejas andanzas, las miradas, los rencores, los abrazos y las pasiones con que forjó sus pasos. Y por detrás de todo eso, las cientos de historias que se escriben en las paredes que forman la esquina.
Cierro los ojos y veo en la esquina de una de las casas de mis primeros tiempos, a la barra reunida aprendiendo a vivir. El Ñato, Bigote, el Chito, Pablito, Elenita, Daniela, Anabella, Sonia, Ana, Carlitos y Eduardo. Muy cerquita, en otra esquina más abierta, arbolada y llena de lunas, el Turco, Alberto, Martín y Mauro. Cierro los ojos y veo mis esquinas y reconozco un sello de identidad. Paso por mis esquinas y escucho rumores, voces, risas, llantos y abrazos, estampados en el aire, dibujados en las paredes, escritos en los pretiles.
Y se me ocurre que en las tuyas pasa lo mismo. Se me antoja que tal vez tenés la misma sensación, andando por tu barrio, recorriendo cuadras y llegando a esas aristas en que la vida dobla y que siempre esconden la sensación de que algo, ahí a la vuelta, está por pasar.

Luigi Lemes
2010

Foto de Edgar Salgado (2010)